tRAGEDIA.

Su vida era sólo eso, una vida más.
La masificación del concepto de "la vida" le quitaba toda esperanza de encontrar una excusa idiota para abandonar el cuestionamiento constante. Cualquier intento de sentirse 'especial' lo hacía sentirse realmente ridículo; veinticinco años de ser un ser completa y enteramente ridículo.
Un día, sin más, abrió los ojos. Al igual que en aquel momento donde la catarata de sangre cae sobre la tierra y la burbuja se rompe para henchirnos con una bocanada de aire real, abrió los ojos un largo rato y pensó.
Pensar y actuar ¿son causa y efecto?
Hasta ahora lo habían sido en contadas ocasiones. Parádojicamente a la íntima relación entre uno y otro existía una larga y espesa brecha entre ellos.
Mucho tiempo dedicado a la reflexión y al encierro.
Caminó tres pasos hacia la biblioteca y se reencontró con un libro de Virginia que había llegado a sus manos tres meses atrás por una simple casualidad. Lo abrió y la página 194 lo deslumbró con algunas palabras que lo golpearon directo en la sien.
"Pero, ¿qué otro recurso le queda al biógrafo abandonado por su héroe en el trance en que ahora Orlando nos abandona? La vida, según convienen todos aquellos cuya opinión vale algo, es el único tema digno del novelista o del biógrafo; la vida, según esas mismas autoridades, nada tiene que ver con estar sentada en una silla, pensando. El pensamiento y la vida son polos opuestos. Por consiguiente -ya que sentarse en una silla y pensar es precisamente lo que ahora hace Orlando-, sólo podemos recitar el almanaque, rezar el rosario, sonarnos las narices, atizar el fuego y mirar por la ventana hasta que haya concluido. Orlando estaba tan quieta que se hubiera oído la caída de un alfiler. ¡Ojalá hubiera caído un alfiler! Siempre eso hubiera sido alguna vida. O si una mariposa hubiera entrado por la ventana y se hubiera posado en su silla, uno podría escribir sobre eso. (...) Nada más desesperante que ver a un personaje, a quien hemos prodigado tanto tiempo y trabajo, escurrirse del todo de nuestro alcance -lo testimonian sus lamentos y suspiros, sus rubores, sus palideces, sus ojos claros como lámparas, o cansados como albas-, nada más humillante que presenciar esta pantomima de emoción y de excitación cuando sabemos que su causa -el pensamiento y la fantasía- carece de toda importancia".
Una fotografía en la pared le hacía muecas mientras él iba y venia de la puerta a la ventana.
El tópico maldito del propósito vital se rearmaba en forma de nube violeta sobre su frente y el silencio le respondía como eco.
"Estoy solo, pensando en para qué estar" dijo en voz alta como para tratar de entenderse pero escuchar lo que estaba diciendo le producía una extrañeza exuberante. La idea de querer entender el para qué estar, solo en su habitación, lo hizo desistir de cualquier intento mayor y razonablemente comprendió que el cerebro humano no abarca complejidades semejantes; sólo existe el día a día.
"¿Tengo que salir y vivir entonces?" pensó y la idea de tener que modificar el concepto que había tenido hasta ahora lo inundaba de dudas y de confusión. No había palabra, ni idea, ni frase que tranquilizara su mente, que calmara la ansiedad de la curiosidad que lo invadía.
Y sin más, tomó la campera negra, abrió la puerta de calle y salió.
Afuera la noche era oscura, algo sombría; el cielo poblado de nubes intermitentes dejaba entrever una luna en cuarto menguante que prácticamente se despedía de él.
Algo terrible le ocurrió, un hilo de transpiración se le enfrió a lo largo de sus vértebras y se paralizó al alzar la cabeza hacia arriba. Emprendió una caminata rápida y silenciosa; oía cada latido de su corazón con perfecta nitidez cuando al llegar a la esquina, las luces de una fiesta lo detuvieron.
Se detuvo frente a la puerta, recordó aquella pregunta existencial que lo hizo abandonar estrepitósamente su casa y golpeó hasta que por fin le abrieron.
Alguien lo invitó a pasar.
Dentro todo era fulgor, todo era excesivo, discontinuo, rabioso, exagerado. Tenía mucho tiempo sin presenciar una fiesta como esa y sus manos comenzaron a transpirarle por falta de costumbre. Se había quedado parado contra una columna porque no sabía qué hacer o con quién hablar pero se acomodó el pelo y se dispuso a beber un trago: un vodka on the rocks comenzó a relajarlo, a perderlo entre medio del tumulto de caras, de luces, de sexo, de botellas, vasos y besos.
Palabras, risas, labios y miradas lo sorprendieron sentado en un sillón del rincón.
Frente a él, una mujer que parecía casi un ángel extraviado que venía en su rescate se le acercó. Llevaba el pelo largo ondeado y suelto cayéndole sobre los hombros descubiertos, grandes ojos café y un vestido verdoso desacordado que le imprimeron una devoción instantánea.
-¿Sería eso el amor?¿Estaría "viviendo" finalmente?-.
La mujer se sentó sobre él como una pieza de rompecabeza encastrada con otra y lo miró directamente a los ojos. La tensión entre sus labios abrió un abismo que fue atravesado cuando ella lo besó. Un beso con tanta dulzura, con tanta pasión contenida y con tanto sentimiento que cada músculo de su cuerpo vibró, se acomodó y se organizó en torno a ella. Le dió el más profundo de sus sentimientos con cada gota de saliva, con cada roce de sus lenguas; le dió amor y nostalgia.
Y cuando por fin los segundos de encuentro mágico terminaron ella se fue con la luna menguante, se perdió en el tumulto de gente sin decir una palabra.
Él esperaba palabras, comienzos, desarrollos y hasta finales pero no estaba preparado para la nada después del todo. No supo qué hacer, si quedarse allí sentado y esperar que ella vuelva, o salir a buscarla, u olvidarla. Su mente hizo ovillos de pensamientos y tejió ideas fantaseando posibles encuentros.
Pasó algún tiempo en viajes espaciales por la nubecita de su frente y en cuanto quiso reaccionar la multitud que ocupaba la pequeña casita se había diseminado.
La fiesta había terminado.
Su vida había terminado.
Volvió a encerrarse en su cuarto y se sentó a escribir esta historia.





Comentarios

Entradas más populares de este blog

Soledad.

cold.

calle sin salida