Otra noche más de insomnio. Una y otra vez se acerca hacia la ventana y observa la ciudad en silencio. Toma un lápiz y dibuja bocetos imaginarios en el aire helado de la fría Buenos Aires de julio. Quisiera ahogar sus pensamientos en una palangana de agua podrida y sin embargo, lo acechan, lo persiguen, lo destruyen. Quisiera entender el amor. Diambula por la habitación que tan chica le quedó después de su derrumbe, después de que las paredes lo acierren, después de que su mundo la lleve de su lado. Se viste, se desviste. Se saca una a una cada prenda hasta quedar completamente desnudo y comienza a recorrer su cuerpo lentamente con la yema de su dedo índice. Lo desliza buscando aquellas huellas; buscando heridas, cicatrices, memorias; buscando su ser. Sus labios, sus hombros, su tórax, su pelvis, su... Nada. Está solo; sin pasado, sin futuro. Sólo el presente, esta milésima de segundo en la que recuerda que todavía el oxígeno corre por sus venas y que su razón evita que su inconsciente...