Ana
Era imposible no amarla.
La habitación blanca, la enormidad,
y ella, la oscuridad.
La jaula de cristal gira en el pedernal de madera rancia,
mientras prepara jalea, que se le pega en los dedos.
La lengua en las comisuras y el camisón blanco.
No sé cómo mirarte sin evitar tu negrura.
No sé como gritarte y poder hablar a la vez.
No sé cómo ser sin derretirme entre tus rejas.
Sólo sé ser quien soy.
Pero no sé ser suficiente.
Y es eso una ilusión?
Dame tu cintura de 60 centímetros,
y tus ojos de cielo.
Te doy mi escoliosis eterna,
y mi colmillo rebelde.
Te doy mi acuarela y mis notas y mis sueños,
si me das tu receta.
Y es eso una ilusión?
Sino sé ser otra que yo misma, ésta inconforme y dolida,
ésta cobarde y empedernida.
Ésta que sabe que no hay otra forma,
sólo esa de estar en la mira.
De quién si no es de mi misma?
Para quién si no tiene verdad, ni razón, ni color.
Para qué, si me quedo vacía.
Mejor me consuelo en la rutina
O me desplomo en el suelo con tinta,
y dejo mi marca de mujer, de idealista
En tu historia o en la de Hilda,
en la biblioteca o en la oficina.
Qué me importa?
Si igual ya estoy fría.
Inerte.
Vacía.
Qué te importa?
Si igual no me conocías.
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