last moon

Ginger vive en londres.
Hace ya algunos años que alquila un viejo departamento en Picadilly St., frente a unos abetos que se mueven sobremanera cada vez que termina el verano.
Ginger tiene sueños de grandeza, pero trabaja en una pequeña bakery a pocas cuadras de su hogar... encontró algo de satisfacción al lograr crear un muffin de moras -cuasi- perfecto.
Se empeña en el glaseado con un ímpetu extremo, sentido, pasional. Verla vertiendo el preparado sobre la masa ya lista es equivalente a ver a un pintor posando el pincel sobre la tela húmeda. Nuevas formas es lo que busca, nuevos motivos, nuevos destinos...
Se obsesiona con cada nuevo diseño a construir, con cada decorado azucarado en el que pone su arte para ser devorado por el primer transeúte que hace sonar la campanilla al entrar a la tienda.

Ginger cree que su nombre tiene que ver con el jenjibre que espolvorea cada mañana y se siente un poco más parte... Aunque su nombre en realidad sea Graciela, cree que ese nuevo re-bautizarse le ortogó un vigor innovador a su persona.
Ginger se fue, escapando del amor y persiguiendo un sueño...
¿se puede ser feliz escapando del amor en pos de un sueño... que ni siquiera se asomó?
No importa, al menos, no le importa a Ginger que renace con cada nuevo pastel y se recrea a sí misma en cada nuevo glaseado.
La vida la alejó de Peter, aquel que aún sin saberlo, siempre supo era el dulce de leche de su pastel -o mejor dicho, el glaseado de su biscochuelo para entrar en contexto inglés- y siente cómo harina y azúcar se burlan de ella al poder unirse, mezclarse, revolverse el uno con el otro de forma tan sencilla. Como si todo fuera de fácil mixtura excepto ella y Peter, claro.
Caminos distintos, personalidades obstinadas, intentos estrictos de no perder esencias los arrinconaron y les impidieron ver bien el panorama.
Se juraron nunca dejar de ser libres, pero el precio y el producto de esa libertad se transfiguró en una vía de escape -o de alejamiento, quién sabe- del otro. Y aquello, ya no era tan dulce...
Ginger sabía que algo de ella nunca volvería, ese sentimiento de plenitud en potencia, ese ver la vida del color de sus propios ojos que le transmitía la mano izquierda de Peter se había esfumado con él en aquel "Rosemary"que partió a New York.
Un océano apart, en su alma, en su vida, en su cuerpo.
No sería ella quien dé el brazo a torcer, quien le corte las alas por simple autoridad, quien imponga siquiera una condición para el amor...
No sería Peter, que toma un whisky pensando que de aquel Pablo ya no le queda nada. No sería él que ahora es un ciudadano del mundo en busca del sueño prometido quien amarre sus convicciones gitanas. Él es quien sentado en la proa de aquella mujer desconocida, disfruta de un scotch bajo la luna llena, sintiendo la brisa marina y estremeciéndose al percibir de pronto, el cuasi indistingible aroma a biscochuelo recién horneado que le trae el mar.
No puede evitarlo, recuerda esas manos de uñas cortas que tímidas se escurrían de las suyas.
No dice nada, no se mueve, no pestanea, sólo sube su mirada al cielo y se zambulle en el brillo de esa luna.

Peter y Ginger, dos cometas errantes con ansias de potenciarse al sol... confundieron el rumbo y destruyeron-se la luna.

Nuestra luna.

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