Vera



A Vera le gusta soñar.


Vera tiene un baúl con sueños: de aire, de agua, de montaña...
Tiene ojos pardos, ni oscuros ni muy claros; ojos que se aclaran cuando las lágrimas los visitan un día como hoy. Su cabello raramente está peinado, unas ondas caen hasta su cintura mientras el sol lo acaricia una tarde tibia de invierno. Tiene miedo de que alguien aparezca en su ventana y desea, con fervor, que el mundo sea un lugar mejor.
Vera quiere ser artista, quiere ser filósofa, quiere ser amada.
Y sin embargo...

La vida oscila entre un partido de póker y un montón de libros apilados en un estante. Poco entiende del paso del tiempo, del correr de los sueños, de los príncipes azules.
Vera sabe quién es; se mira al espejo y su reflejo le devuelve las respuestas que presupone, que ya conoce, que poco espera,
Y sin embargo...

La vida no siempre es justa. Los sueños se quiebran, se rasgan, se ensucian. Y con cada nuevo amanecer, algunas cosas se pierden, ciertas partes se entristecen.
Una parte de su alma se fue con él, y ya nada volvería a ser igual. Ya no sabía si alguna vez volvería a sentir aquello que la acompañó esa noche, si descubriría que hay algo en ella más que un paquete de acrílicos y un vinilo oxidado.
Y sin embargo...

Una promesa, un papel, una palabra, una caricia, se apilan sobre el acolchado de antaño como un ovillo listo para destejer, para desplegar, para dejar correr. Ya no tiene aquel sobretodo marrón, sino un vestido con flores moradas, verdes y rojas que, volátiles, reparten aromas a sus vecinas. Vera se saca la mochila de los hombros, se saca los zapatos y ahora camina a orillas del mar, sintiendo la arena y la espuma entre sus dedos.
Y sin embargo...

Su reflejo en el agua es la imagen que Vera observa y abraza;
su imagen, sus ojos, sus sueños, su alma.
Ya no tiene miedo.
La soledad la acompaña.


*

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