desenamarándose.

Creía dominar la fuerza de su alma.
Ingenuamente, creía...
La tristeza de su ausencia atacaba por las fisuras del tiempo
y le agotaba la lágrima en un pecho cerrado ya.
Se mezclaba en el pasado, se derrumbaba en ese futuro que nunca fué.
Y bailaba dionisíacamente frente a su cara, chorreando deseos líquidos,
cantando una danza rota, quebrada, derrumbada.
Todo cerró en un perfecto círculo, todas las veces en las
que intentó luchar con una corriente que nunca le daba viento a favor.
Un millón de amarras la sostenían en el río caudaloso de aquel lugar.
No sabía qué soga tomar primero, dudaba, fantaseaba, esperaba
que alguna se transforme -magicamente- en hilos de plata.
Respuestas, preguntas... tiempo.
¿Es que puede ser tanto el tiempo?
Sin darse cuenta, los dedos se le hicieron más frágiles,
los ojos más claros y el bote empezó lentamente a descascararse,
a perder ese tinte verde que tan prolijamente lo había abrigado.
Las sogas se convirtieron en más pequeñas,
cada una con un color tan propio y distintivo que eran imposibles de confundir.
Poco a poco el viento erosionó sus hilos, carcomió el color y vació el lazo;
poco a poco sus manos dejaron deslizar lenta y conmovedoramente esas sogas ya vencidas.
La corriente siguió su ciclo... y la abrazó como nunca antes,
dejando los extremos caer al fondo del río.
Y así se fué, con la corriente, bajo el sol primaveral,
sobre el agua dulce, con sus árboles y sus pájaros.
Se fué, sola, tranquila, dispuesta...

A saltar la cascada, sin un compañero más que el viento
que la llevó volando, muy lejos.

¿Quiero saber, antes de caer, cuánto más tiempo?

*

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