Abril
Una típica noche de abril. El frío se insinúa en cada esquina, pero no termina de concretarse. Me falto algún pullover de más, o quizás un pañuelo para cubrir la garganta. De cualquier forma, son momentos de incertidumbre, de cambio, de transición.
Llego a casa; Abrojo me espera sentado en el sillón, y me saluda con su sonido diario apenas traspaso la puerta. La vecina de arriba me deleita con una de las tantas piezas de Bach que suenan en su antiguo piano y yo respiro sensación de hogar.
Me gusta mucho sentirme así, reencontrarme con mis cosas más cercanas, con Abrojo, con la musica de la vecina del 6º… son mis momentos de soledad y de placer; de sentir el tiempo de distensión, de poder crear la soledad, de crear mi ser, de mimarlo con cosas que lo hacen sentir bien, de encontrarme conmigo y escapar de la vorágine impersonal de Buenos Aires.
La hora de la cena, un poco de arroz del mediodía, algo para Abrojo, un vaso de agua, un sahumerio que alguna vez algún alguien me regaló y el piano de fondo.
Me acuesto con todas las luces apagadas, y me hundo en la profunda reflexión de mi vida, de lo que es realmente, hacia donde va… y me pregunto quién soy y qué quiero en este mundo...
De pronto así, me levanto, abro la ventana, miro la ciudad y grito.
Un grito agudo, un grito sordo, un grito cargado de todos los gritos de cada minuto que quise gritar y no pude. El grito desde el fondo del alma, el grito que chorrea bilis y escupe el maldito smog de la magnífica maléfica gran ciudad.
Le grito a la ciudad, le grito a la existencia, a la gente que no sabe que existo, a la que si lo sabe, a la que no le importa, a los amores perdidos, a los amores ganados, a los fantasmas, a los recuerdos, al pasado, al futuro, a la angustia existencial, al temor presente, a la soledad, a la muerte, a vos, a él, a mi…
Y Guillermo viene a mi mente como una ráfaga helada de Moscú y sus palabras suenan en mis oídos; “el aire esta lleno de nuestros gritos, pero la costumbre los acalla”.
*
Llego a casa; Abrojo me espera sentado en el sillón, y me saluda con su sonido diario apenas traspaso la puerta. La vecina de arriba me deleita con una de las tantas piezas de Bach que suenan en su antiguo piano y yo respiro sensación de hogar.
Me gusta mucho sentirme así, reencontrarme con mis cosas más cercanas, con Abrojo, con la musica de la vecina del 6º… son mis momentos de soledad y de placer; de sentir el tiempo de distensión, de poder crear la soledad, de crear mi ser, de mimarlo con cosas que lo hacen sentir bien, de encontrarme conmigo y escapar de la vorágine impersonal de Buenos Aires.
La hora de la cena, un poco de arroz del mediodía, algo para Abrojo, un vaso de agua, un sahumerio que alguna vez algún alguien me regaló y el piano de fondo.
Me acuesto con todas las luces apagadas, y me hundo en la profunda reflexión de mi vida, de lo que es realmente, hacia donde va… y me pregunto quién soy y qué quiero en este mundo...
De pronto así, me levanto, abro la ventana, miro la ciudad y grito.
Un grito agudo, un grito sordo, un grito cargado de todos los gritos de cada minuto que quise gritar y no pude. El grito desde el fondo del alma, el grito que chorrea bilis y escupe el maldito smog de la magnífica maléfica gran ciudad.
Le grito a la ciudad, le grito a la existencia, a la gente que no sabe que existo, a la que si lo sabe, a la que no le importa, a los amores perdidos, a los amores ganados, a los fantasmas, a los recuerdos, al pasado, al futuro, a la angustia existencial, al temor presente, a la soledad, a la muerte, a vos, a él, a mi…
Y Guillermo viene a mi mente como una ráfaga helada de Moscú y sus palabras suenan en mis oídos; “el aire esta lleno de nuestros gritos, pero la costumbre los acalla”.
*
Comentarios