.Marcelo.

- "Espera. ¿Cómo te llamás?". Fue lo primero que atiné a decirle. Quería completar mi concepto y concentrarlo en un nombre, en su nombre.
Es cuestión de semiótica; el nombre es el signo presente en representación de un objeto, su nombre es el signo que lo representa.
Quizás, más ingenuamente que ingeniosamente esa fue la primera pregunta que le dije, con el mero propósito de lograr a partir de allí conocer a ese sujeto que tanto llamaba mi atención.
-"Marcelo". Fue todo lo que me dijo y una sonrisa inundó sus labios. Sin embargo yo sabía que ese signo no era el correspondiente directo con ese objeto.
“Situaciones extrañas se suceden a cada minuto” pensé, imaginaciones que se hacen presentes. Porque ahí estabas vos Marcelo, pero eras más que eso, eras mucho más que un nombre, eras quizás una fantasía, una transportación de anhelos en un cuerpo viviente.
Te miré apenas entraste a ese cuarto oscuro, frívolo, histérico, grosero y algo llamó mi atención. Quizás fue ese intento de atadura guerrera china o la expresiva comodidad que irradiaban los movimientos de tu cuerpo; tal vez fue la profundidad que trasmitías, o quizás el misterio.
Realmente no lo sé, sé que te miré y eras distinto.
Te encontré en esa habitación de sombras, con formas histéricas que nos rodeaban gritando, riendo y hablando en un idioma que no siempre es el propio.

Algo iba a ser distinto esa noche, algún presentimiento vago me decía que ciertas respuestas se me presentarían eventualmente.
Así fue.
Te encontré y eso me alcanzó para validar toda supuesta teoría preformulada de las personalidades interesantes.
No sé cuántas horas habrán pasado desde el momento en el que entraste a mi vida hasta el ingrato instante que decidió quitarte de mi paisaje. Sin embargo, un impulso te acarreó hasta mi perfume y tu rostro se aproximó hacia mi. Podía sentir tu respiración en mi cuello mientras las palabras comenzaron a brotar de tu boca como el agua que remoja al pez que se mece sobre la tierra.
Me dijiste que ya te ibas, que no eras de acá pero que era necesario que me digas algo antes de emprender tu retirada. Dijiste que crees en la honestidad y la sinceridad de los pensamientos personales y que respondiendo fielmente a ese valor primordial tenías que reconocer la belleza en alguien cuando la encontrabas y decírselo.

Me dijiste que tenía belleza.
Y no como algo superficial sino más como una cualidad especial, que me hacía diferente al resto.
Imaginaste mi sorpresa, mi estúpida conducta, mi risa frenética, mi temperatura en aumento, la mirada perdida, la lágrima presente. Lo imaginaste todo cuando me miraste, y mis ojos se fundieron en tu mirada. Me desnudé ahí, en la sala sucia y sombría, entre las figuras deformes que me rodeaban y entre el tumulto de sinsentido. Allí estaba yo: encogida, congelada, latente, temblorosa, susurrante…desnuda. Y encontré esa visión que tanto anhelaba; fuiste el responsable en devolverme la creencia en la esencia, me trasmitiste el sueño perdido de aquel compañerismo extraviado y recóndito que se aglutinaba en el rincón de la basura. Lo trajiste para que resurja y se me impregne bajo cada poro de mi piel.
“Estoy viva”.
No tenías idea de lo que significaban cada una de tus palabras; palabras embebidas en néctar de jazmines. Estaba segura de que alguien descubriría aquella particularidad que me hace ser quien soy, aquel motor de mis acciones, mis impulsos y mis movimientos. Es mi historia, es mi pasión, es mi lugar, es quien soy.
Lo viste, me viste y lograste que me viera.
Las esperanzas se desvanecían poco a poco pero tu discurso puso en funcionamiento mi centro, mi sexo, mi mente, mis sueños.
Y ahí, desnuda, tan sólo pude decirte:
¿Cómo te llamás?.

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